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domingo, 18 de agosto de 2013

Las demandas sociales en el conurbano socavaron el apoyo al Gobierno nacional.

Vivir en barrios con pocas obras y con el fin de mes cada vez más lejos


Las demandas sociales en el conurbano socavaron el apoyo al Gobierno nacional.
Patricia Díaz no conoce a Patricia García. Las dos viven en el conurbano. Una en Avellaneda y la otra, en La Matanza. A la primera hoy la encontrarán los turistas en San Telmo vendiendo recuerdos de Buenos Aires, a la otra en una feria informal de González Catán ofreciendo ropa a sus vecinos. Las dos tendrán un domingo más de changas para sobrevivir. Madre de dos hijos, cobran por mes 750 pesos de la Asignación Universal por Hijos, y son madres solas. Una sin marido, la otra con uno que acaba de dejar después de las amenazas de todos los días. Las dos historias pueden repetirse en otros lugares del conurbano. Con las mismas necesidades, en paisajes diferentes, los 11 millones de personas que viven en este territorio son un electorado clave para ganar las elecciones. Sobre todo, después de los resultados de las internas del domingo, cuando el tablero político tembló con alianzas, saltos de bandos y promesas de recuperación de votos al Gobierno. Debajo de cada movimiento de los llamados barones que dominan las intendencias hay una realidad demasiada compleja. Una recorrida por diferentes distritos puede servir para una clasificación del comportamiento electoral. Donde hubo obras que mejoraron en algo la calidad de vida, las urnas mostraron apoyo al intendente. Las pocas mejoras sumado a los efectos de la inflación dio como resultado la fuga de votos del Gobierno nacional. Las cuestiones comunes que aparecen en la agenda de la gente son las jubilaciones que no alcanzan. Como dice Don Cholo, 79 años, que cobra 2.400 pesos y que si no es porque tiene una huerta no sabe cómo se las arreglaría. Piden el 82% móvil. Otros de los puntos que aúnan reclamos son la falta de obras en las calles, la inseguridad y el aumento de los alimentos. “El fin de mes está cada vez más lejos”, dice Norma Velázquez (33).
Mónica Linares tiene 47 años y su casa se inundó hace un mes con una de las lluvias fuertes que cayeron en Avellaneda. “Me trajeron un colchón, pero no me dejan entrar material para arreglar la casa porque nos quieren trasladar a otros terrenos y, entonces, cuando vuelva a llover otra vez entrará el agua”, cuenta a Clarín frente a su casa sobre una calle de tierra. “Es para cansarnos y que nos vayamos”, dice. “El Gobierno promete y no cumple. Ellos saben bien lo que pasa, pero no hacen nada”, sintetiza desde su casa en una zona con alta contaminación.
En José León Suárez, Alfredo Llanes (45), cuenta que el asentamiento en el que vive desde hace un año tiene calles abiertas y que eso les cambió la rutina de salir por el barro. Esas obras lo hicieron votar por el Gobierno, aunque la inseguridad sea un problema, en especial entre las 5 y las 7 cuando “los laburantes salimos y los chorros nos roban”.
En González Catán, La Matanza, los comedores populares que surgieron en 2001 volvieron a recibir más gente en los últimos meses. “Esta vez no es por hambre, sino porque la plata no alcanza”, aseguró aClarín Juan Carlos Alderete, dirigente de la Corriente Clasista y Combativa y que fue como candidato a diputado por el frente Podemos. Conocedor del humor social de esta zona asegura “la pérdida de votos oficialistas tiene que ver con el enojo de la gente”.

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