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sábado, 17 de enero de 2015

Las tendencias del electorado

Cambio o continuidad, ésa es la cuestión en 2015

Según las encuestas, la mayoría de los votantes pide un giro en la gestión política, pero también mantener algunos programas; en la interpretación de estas demandas, se juega el éxito de los candidatos
Descifrar los deseos de continuidad o cambio de un electorado puede ser la llave mágica que abra las puertas a un triunfo electoral. Desde la perspectiva de los comicios presidenciales del año próximo en el país, la cuestión por esclarecer es el peso real de esos deseos en la población y sobre qué cuestiones sobrevuelan las expectativas. La demanda de cambio puede ser ambigua o flotante. Puede significar tanto una profundización en la ejecución de una línea política o bien su fin. O una aprobación de lineamientos generales y, al mismo tiempo, insatisfacción con el modo de aplicación. Ocurre que el nexo que vincula el deseo con la búsqueda de certidumbre es complejo, y el éxito de una campaña electoral tiene mucho que ver con encontrar el camino correcto entre el deseo de los electores y la oferta de condiciones de confiabilidad que pueda contenerlos.
En nuestra última encuesta de opinión pública de alcance nacional, realizada en junio pasado con una muestra de 1200 casos, observamos que la demanda de cambio tiene fuerte consenso y se impone nítidamente sobre la de continuidad, tanto en aquellas políticas públicas, ejes del relato kirchnerista , como en los estilos de gestión característicos del Gobierno.
Las demandas más fuertes de cambio y donde se pone de manifiesto un importante consenso negativo las obtienen las políticas de seguridad (88,5% de rechazo), el rumbo de la economía (83,6%), el reclamo de transparencia de los actos de gobierno y el estilo de gobernar (74%) o la relación con el Poder Judicial y el Congreso (76,4%). Pero existen también demandas de cambio -aunque de relativa menor intensidad- en las políticas sociales (56,8% de rechazo), la política de DD.HH. (53% de rechazo) o la ley de medios, todas ellas emblemas políticos de la gestión K. Estas últimas, sí, son posiciones que polarizan claramente a la sociedad.
Lo que hoy resulta insoslayable es que, en promedio, tomando todas las políticas y los aspectos de la gestión de gobierno que fueron evaluadas, el peso estadístico de quienes demandan un cambio es de más de dos tercios (68%), mientras que el de quienes demandan continuidad es del 28%.
El análisis de las tendencias de intención de voto por candidatos, según la inclinación por la continuidad o el cambio de políticas y aspectos de la gestión de CFK, muestra un panorama con variaciones interesantes que reflejan el entramado complejo de la arquitectura político-electoral.
Los electorados de Macri y Massa tienen perfiles casi idénticos: tres de cada cuatro se pronuncian por un cambio respecto de políticas y estilos de gestión del actual gobierno.
Entre quienes expresan la voluntad de votar a Scioli , la mitad aspira a un cambio y la otra mitad demanda continuidad.
Los perfiles de los votantes de Urribarri y Randazzo son idénticos: dos tercios se pronuncian por la continuidad y un tercio, por el cambio.
Los que están indecisos muestran también un perfil mayoritariamente favorable al cambio (70%).
Cuatro de cada cinco electores afines a Cobos , Carrió y Sanz se expresan por un cambio de políticas, bastante más alto en promedio que la voluntad de cambio que exhiben los votantes de Macri y de Massa, mientras que los votantes de Hermes Binner muestran una demanda de continuidad algo más alta (uno de cada cinco) que el resto de los dirigentes de UNEN.
Un tópico fuertemente extendido en los análisis políticos preelectorales es que las demandas ciudadanas de un importante sector de la sociedad se articulan hoy alrededor de esas dos opciones: continuidad con cambio o cambio con continuidad. Según este enfoque, el éxito electoral sería obtenido por aquel dirigente político que más eficazmente administre esta ecuación. Sin embargo, el tema es más complejo. En primer lugar, "cambio" es un término subjetivo y políticamente polivalente. En la lucha política, es un significante vacío que no tiene por sí mismo especificidad programática y puede adoptar diferentes contenidos, orientaciones e intensidad.
Por tomar un ejemplo: en la campaña de Barack Obama de 2008, el significante "cambio" fue una de las principales y más eficaces piezas de su estrategia retórica. Ese concepto recogía una demanda insistente del electorado estadounidense y fue desplegada en múltiples eslóganes con diferentes contenidos: cambio en las políticas internas y externas aplicadas por G.W. Bush ("Eight years is enough") o a la misma posibilidad de un primer presidente afroamericano ("American exceptionalism"), en el contexto de una propuesta dirigida a distintos públicos-objetivo (demócratas, republicanos desencantados, indecisos, afroamericanos, mujeres, jóvenes, universitarios, minorías étnicas).
Sin embargo, esa exitosa estrategia en el manejo de las demandas de cambio encarnadas por Obama resultó un estrepitoso fracaso en el caso del candidato opositor al presidente Santos, en la reciente elección presidencial de Colombia. Óscar Zuluaga, favorito para la primera vuelta, también había enarbolado la bandera del cambio como eje central de su discurso, respondiendo a lo que las encuestas señalaban como reclamo dominante en el electorado. Pero lo cierto es que, si bien la demanda de cambio estaba presente, Zuluaga se mostró ineficaz a la hora de canalizar esa pulsión en un contenido temático programático concreto que lo articulara y contuviera.
En el caso argentino, y a la luz de la preponderancia de las demandas de cambio que reflejan las encuestas, ¿de dónde surge la extendida convicción de que el éxito de toda estrategia para 2015 dependerá de una eficaz administración en la oferta electoral del doble juego entre continuidad con cambio, cambio con continuidad?
Se puede conjeturar que la idea de que existe hoy en la sociedad una demanda de continuidad, paralela a la demanda de cambio, responde al carácter fuertemente difuso, ambiguo, "líquido" (al decir de Zygmunt Bauman), que adquiere el concepto de cambio en la opinión pública. A diferencia de lo que ocurría en 1999, por ejemplo, cuando los contenidos que debía asumir la salida del menemismo eran claros y consensuados (mantenimiento de la convertibilidad + ética pública) -eje sobre el cual la Alianza construyó un exitoso posicionamiento electoral-, en la actualidad, no se presenta en la oferta partidaria una dirección definida de las transformaciones demandadas ni existe aún una fuerza en condiciones de tomarlo creíblemente a su cargo como oferta electoral.
Podría argumentarse que esto es producto, al menos en parte, de la ausencia de una alternativa electoral unificada y de una propuesta de cambio consolidada. Esa alternativa política debería intervenir en esta ambigüedad conceptual de las demandas y generar propuestas de cambio que no signifiquen negación o destrucción de programas o políticas que tienen aceptación. Y debería también proponer cambios profundos, no cosméticos, en los abordajes, estilos y valores puestos en juego.
fuente LA NACION

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