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domingo, 11 de junio de 2017

Sucesos que aceleran medidas que no bastan

la inseguridad es, desde hace tiempo, la mayor preocupación del argentino promedio. Cada nuevo crimen -en especial, aquellos más conmocionantes o significativos- renueva los reclamos de los ciudadanos y, también, las rápidas reacciones desde la política. Refuerzos policiales, leyes más duras, pases de factura entre poderes del Estado. Medidas más efectistas que eficaces que, al fin y al cabo, nunca bastan para saciar la exigencia social de mayor protección.
Más que un problema de recursos o de normas, lo que falta es un diagnóstico serio y descarnado que ilumine dos cuestiones primordiales: ¿por qué alguien (tantísimos y de todas las edades) elige el delito, sin importarle las consecuencias para sí y para los demás? ¿Por dónde empezar en la titánica misión de revertir esa dramática situación?
La crítica problemática de la seguridad pública ha sido abordada con recetas basadas especialmente en la policialización o en la judicialización. Los refuerzos policiales aparecen allí donde un caso revela que las acciones estatales han sido insuficientes para prevenir las trágicas consecuencias del delito; y desaparecen tan pronto como otro nuevo hecho lo requiere: se mueven en función del mapa del delito de la opinión pública, de la sensación.
Si el autor del hecho tiene antecedentes, se insistirá en la necesidad de que las penas se cumplan y de que los delincuentes "se pudran en la cárcel". Nadie explica cómo se hará para contar con los cientos de miles de plazas en prisiones que serán necesarias. Multiplicar por diez la capacidad de encarcelamiento, por otra parte, sería la demostración palmaria del fracaso argentino como sociedad.
Si el autor del hecho es menor, eso bastará para que se discuta hasta el cansancio la necesidad de bajar la edad de imputabilidad. Fuera de la discusión queda, siempre, cómo hacer para que los chicos no caigan en el delito (cada vez más temprano). Cuando hay un caso como el de ayer, lo que se ve son pibes incapaces de ver su propio futuro y a los que el de los demás les importa todavía menos.
Esos pibes crecen en contacto cotidiano con las armas; las usan tanto como el celular. Desde el Estado se postula que atacar la proliferación de armas es un objetivo central; pero ni siquiera se comunica públicamente que está vigente un plan de desarme voluntario. Tampoco se articulan tareas entre ministerios para sacar de circulación la mayor cantidad de armas. En tanto, más de lo mismo: no hay diagnóstico, y sin eso no hay respuesta posible
CREEMOS QUE SI HAY RESPUESTA PERO Q PUEDE  COSTARLES VOTOS
DECIMOS QUE DEBEMOS ATACAR ESTE FLAGELO, TENIENDO EN CUENTA QUE HAY Q ABRIR CENTROS SIMILARES AL SERVICIO SOCIAL  NO OBLIGATORIO PERO PARA LOS CHICOS DE LA CALLE, LOS NI O LOS QUE NO PUEDEN SER PUNIBLES
ES NECESARIO REPENSAR L UGARES Y FORMAS  YA!!( TENEMOS PROYECTOS!!

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