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lunes, 1 de diciembre de 2014

INTERESANTE REFLEXIÓN Y MUCHA RAZÓN EN CASI TODO!!!

“La inseguridad es un círculo vicioso”


Entrevista de Miradas al Sur a Esteban Rodríguez Alzueta. Ex asesor del Ministerio de Seguridad de la Nación. Autor de Temor y control. La gestión de la inseguridad como forma de gobierno, el abogado y magíster en Ciencias Sociales (UNLP) Rodríguez Alzueta revisa un ángulo poco explorado sobre la complejidad de la (in)seguridad.

En su libro Temor y Control (editorial Futuro Anterior) diferencia entre seguridad objetiva y subjetiva. ¿Cómo surge esa diferenciación y cómo lo asocia al “uso del miedo”?
–Seguridad objetiva refiere a casos concretos de ilícitos (robos, hurtos, etc.), mientras que la subjetiva se refiere al miedo al delito. A mediados de los ’90 se empieza a producir en Argentina una escisión entre el delito y el miedo al delito. El miedo al delito, siendo una sensación, no es una ficción porque produce efectos reales concretos. Modifica las maneras de habitar el barrio, de transitar la ciudad; modifica nuestros horarios, reduce nuestro universo de relaciones sociales, nos va encerrando, atrincherando, nos vuelve desconfiados. Ahora bien, el miedo es un sentimiento ambiguo, tiene diferentes usos sociales. Cuando las personas sienten miedo, no siempre pueden estar sintiendo o diciendo lo mismo. Algunos, por ejemplo, pueden estar dando cuenta efectivamente de su miedo; otros, estar manifestando preocupación, es decir, no tienen miedo pero están preocupados por lo que puede sucederles a sus hijos; y otros, incluso, estarán pasándole boleta al gobierno de turno. No hay que perder de vista que venimos de una crisis de representación de larga duración, y cuando los partidos –sobre todo los partidos de la oposición– no representan, no saben cómo canalizar el punto de vista disímil que pueden tener legítimamente otros sectores de la sociedad, entonces esos sectores buscarán otras cajas de resonancia. Y ahí están los diarios o los telenoticieros, donde la inseguridad se lleva las tapas o los temas del día. Por eso cuando un movilero le ponga el micrófono a la gente, éstos dirán que “no se puede vivir más”, o que “tienen miedo a salir a la calle”. A través de la manifestación de su miedo le pasan factura al gobierno de turno, hablan a través de la inseguridad que es el tema que se lleva la atención política. Pero el miedo también tiene diferentes usos políticos. De hecho, y tal vez sea una herencia de la última dictadura, se ha transformado en un insumo político. Yo llamo “gestión de la inseguridad” a la manipulación de la desgracia ajena, a la instrumentalización política del miedo al delito. El temor social es un insumo para la política. Un insumo paradójico, porque vacía de política a la política. La inseguridad se vuelve prepolítica cuando clausura los debates. Una persona atemorizada es un emoticón, un manojo de nervios, alguien que dejó de pensar para indignarse, que no está dispuesta a discutir nada. Cuando cunde el pánico volvemos al estado de naturaleza, somos pura sensación y nos convertimos potenciales linchadores simbólicos. La imagen de una embarazada asesinada a la salida de un banco es una imagen-fuerza de impacto político formidable que será disputada entre los funcionarios y los dirigentes de la oposición. Por eso pienso que a través de la inseguridad se propone una política sin sujeto. Cuando se agita el fantasma de la inseguridad, que es el fantasma al “pibe chorro”, lo que se nos está pidiendo es que regresemos a casa, nos encerremos, y le dejemos a la policía hacer las cosas que dicen sabe hacer. La inseguridad es antipolítica, porque desautoriza los debates colectivos. Ante el dolor del otro, la acción cívica correcta es la indignación y la condena súbita. Y cualquiera que levante la mano corre el riesgo de ser referenciado también como parte del problema, y ser descalificado como “garantista”. Es más, con la distinción entre el delito y el miedo al delito se duplicaron los problemas para cualquier gobierno puesto que, de ahora en más tendrá que dar una respuesta frente al delito y otra frente al miedo al delito. Esto que al principio parece un mayor problema es el punto de apoyo para “matar dos pájaros de un tiro”. Me explico: cuando los gobiernos no quieren, no pueden o no saben cómo resolver el problema del delito, pueden sin embargo presentarse como campeones frente al miedo al delito. La saturación policial, las políticas de prevención situacional a través de la policía local, la videovigilancia, la multiplicación de cuadrícula y patrulleros en la calle, no tienden a atajar el problema del delito sino el miedo al delito. Los funcionarios saben que si se fue exitoso en la respuesta frente al delito habrán escondido el problema del delito debajo de la alfombra, y con eso alcanza para ganar las elecciones o mejorar la imagen pública. En la Argentina sobran ejemplos al respecto.
A qué se refiere en su libro con “catarsis social: inseguridad y resentimiento”?
–A través del miedo al delito, los miedos abstractos se vuelven concretos, adquieren un rostro y un lugar. Porque no hay que perder de vista que en los ’90, cuando ya se estaban resintiendo las consecuencias del neoliberalismo, uno tenía miedo a perder el trabajo. Y cuando uno puedo perder el trabajo de un día para el otro tiene miedo a no poder pagar la última cuota del auto, a no poder pagar la tarjeta de crédito, el alquiler, tiene miedo a no poder seguir pagando la prepaga, la escuela o la universidad para sus hijos, miedo a perder su estatus de consumo, a perder el estilo de vida y la identidad asociada a ese trabajo. Ese miedo que viene de todos lados genera angustia y hay que calmarlo de alguna manera, y la manera de hacerlo es cargárselo a los actores más vulnerables: los jóvenes morochos de barrios pobres. La aparición del “pibe chorro” es la consecuencia de estos procesos de estigmatización a través del cual se transforman a determinados jóvenes en chivos expiatorios. Por su puesto que esta figura aparece en un contexto de aumento del delito callejero, pero las palabras que se destilan para nombrarlos son consecuencia de sus propios fantasmas, de prejuicios de larga duración, puesto que abrevan en las figuras del “cabecita negra”, por ejemplo. Entonces, lo que se hizo a través de esta catarsis social, es asociar el miedo al delito, es decir, desvincularlo de otros procesos sociales, de la crisis económica. Lo que se hizo fue, además, asociar el miedo al delito a determinados delitos, a determinados actores que son referenciados como peligrosos, productores de riesgo.
Me pregunto qué tiene que haber pasado para que miles de pibes, que seguramente han sido objeto del destrato y el maltrato policial, referencien ahora a esa agencia como lugar de trabajo.
–Hace especial énfasis en el abordaje de la “pobreza y gestión del delito” ¿Cómo identifica el rol que juegan los medios y por qué habla del “mito del pibe chorro”?
–Claro, el “pibe chorro” no existe, es un mito, una construcción sociocultural, una proyección de nuestros fantasmas, una estrategia de seguridad que termina recreando las condiciones para sentirnos inseguros. Cuando digo que el “pibe chorro” no existe lo que estoy diciendo es que existen jóvenes que por distintas condiciones derivan hacia el delito. Jóvenes que pendulan entre el trabajo precario y alguna fechoría; jóvenes que pendulan entre el ocio forzado, la ayuda social y alguna fechoría. Esos jóvenes no son delincuentes, experimentan al delito como estrategia de sobrevivencia o como estrategia de pertenencia. A través del delito resuelven problemas materiales concretos, u obtienen los insumos morales para adquirir prestigio, ganarse el respeto en su grupo de pares o desarrollar hipermasculinidades que les permitirán ir construyendo una cultura de la dureza que luego les permitirá hacer frente a las periódicas humillaciones de las que son objeto por parte de los vecinos alertas. Pero también a través del delito se adecuan a los valores que reclama el mercado. Como cantó el Indio Solari: “Si Nike es la cultura, Nike es mi cultura hoy”. Y si no puedo comprar el Samsumg Galaxy, empezá a correr que voy a ir por el tuyo. Como dice un colega, Sergio Tonkonoff: si los mal llamados “pibes chorros” cambian el botín por plata y con la plata se compran ropa deportiva cara, eso quiere decir que son más pibes que chorros, es decir, a través de estas prácticas ilegales se adecuan a las identidades que reclama el mercado. De modo que detrás del “choreo” está también el consumismo que ha impulsado en las sociedades capitalistas. Además, el incremento de la capacidad de consumo ha redefinido los términos de la pobreza relativa también. Cuando las identidades se definen en función de la capacidad de consumo, cuando el Mercado es la metainstitución dadora de sentido, forjadora del lazo social, el Mercado –organizado a través de la obsolescencia programada o percibida– presiona constantemente para que vayamos detrás del fetiche de turno. Detrás del delito de los “pibes chorros” está el Mercado. Pero también están los estigmas de los vecinos alertas, están las prácticas violentas de las policías que empujan a los jóvenes al delito, y está la expansión de determinadas economías ilegales, maximizadas en tiempos de bonanza económica, que son referenciados por estos jóvenes como la oportunidad de resolver problemas, una promesa de movilidad social rápida en una sociedad cada vez más vertiginosa. 
–¿Por que considera que el autoconfinamiento es la peor de las respuestas a los miedos por la inseguridad?
–Porque la inseguridad es un círculo vicioso, el miedo funciona de manera espiralada. Las estrategias de seguridad generan inseguridad. Pensemos en la estigmatización social, que es una estrategia de seguridad que activa otras estrategias de seguridad como las prácticas de seducción o evitamiento. Desde el momento que estigmatizamos, es decir, le asignamos un rostro y un lugar al miedo difuso, desde ese momento, se recrean las condiciones para sentirnos inseguros toda vez que la estigmatización demoniza, extranjeriza, vuelve lejano al próximo. Lejos de crear condiciones de diálogo, elegimos palabras filosas que no sólo nos alejan del “otro”, sino que nos enemistamos con él. Siempre digo que “no hay olfato policial sin olfato social”. Detrás de las detenciones por averiguación de identidad están los vecinos alertas apuntando con el dedo, mapeándole a la policía la deriva de los jóvenes que ellos identifican como peligrosos por el sólo hecho de que tienen otros estilos de vida, otras pautas de consumo, otra adscripción social. 
–Si la Policía es parte del problema de la inseguridad (cito el caso Arruga o tantos otros), ¿cómo se construye una agenda securitaria democrática, inclusora, no estigmatizante y que tenga bien presentes los DDHH?
–Una agenda democrática tiene que ser una agenda multiagencial. Conflictividades complejas, es decir, multicausales, necesita respuestas multiagenciales. Y los gobiernos, hoy día, tanto el federal como en las provincias, tienen una mirada policialista de la seguridad. Para éstos, seguridad es igual a policía. Y ya se sabe: cuando uno la única herramienta que tiene en el cajón es el martillo, todos los problemas se parecen a un clavo. Ahora bien, la inclusión social es necesaria pero tiene límites. Las políticas de inclusión sirvieron para transitar los primeros años, del 2003 al 2008, pero hoy en día no traccionan a los jóvenes. Porque la ayuda social organizada a través de los mil planes superpuestos que existen precariza y estigmatiza a la vez. No basta con darle un cupo en una cooperativa de trabajo a un joven si a éste se le paga poco y no se le hacen aportes jubilatorios, no se le da obra social, acceso al crédito de consumo, vacaciones pagas, aguinaldo. Además, si a ese pibe se le dan tareas que están estigmatizadas por la sociedad, como por ejemplo, barrer la calle, limpiar zanjas o cortar el pasto, que son referenciadas como tareas para “vagos”, para “gente que no sabe hacer otra cosa”, entonces difícilmente se va a contener a los jóvenes, difícilmente éstos puedan construir una identidad desde estas labores. En estas circunstancias, otras actividades tiran más, resultan más atractivas. Por ejemplo, alistarse en la policía, el tráfico de drogas, el robo o hurto de autos, etc. En los últimos dos años, en la provincia de Buenos Aires se anotaron 20 mil jóvenes para integrar las filas de la Bonaerense. Me pregunto qué tiene que haber pasado para que miles de pibes, que seguramente han sido objeto del destrato y el maltrato policial, referencien ahora a esa agencia como lugar de trabajo. Y es que cuando vos tenés a toda la oposición diciendo que todo esto se va al diablo, y tenés a los pibes con $2.500/3.000 en una cooperativa de trabajo, irán en busca de trabajo estable a otro lugar. Y esa estabilidad se la prometen las policías. Pero, ¿hay plata para sostener empleos dignos y estables para ser policía y no para crear otros empleos igualmente dignos? Acá ha fallado algo, nos hemos quedado sin imaginación.
INTERESANTE REFLEXION  Y MUCHA RAZON EN CASI TODO!!!

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